Pinamar y La Frontera: cuando la adrenalina, el ego y la impunidad se cruzan con la vida.

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Un niño de ocho años lucha por su vida tras un choque entre una camioneta Amarok y un UTV. El episodio vuelve a exponer el descontrol crónico en La Frontera de Pinamar, un territorio donde la exhibición de poder y la búsqueda de estatus parecen pesar más que la ley y la vida humana.

La tarde del lunes se quebró en segundos, en La Frontera de Pinamar. Un choque múltiple entre una camioneta Volkswagen Amarok y un carro UTV dejó a un niño de ocho años gravemente herido, hoy internado en terapia intensiva con pronóstico reservado. La escena fue preservada por las autoridades, que caratularon el hecho como lesiones culposas y desplegaron pericias para reconstruir lo ocurrido.

No se trata de un episodio aislado. La Frontera —un área de dunas y playas donde confluyen camionetas 4×4, UTV y motos de alta cilindrada— se ha convertido en los últimos veranos en un espacio de circulación sin reglas claras, donde la adrenalina y la ostentación reemplazan a la convivencia. Días atrás, un operativo policial detuvo a ocho personas por realizar picadas ilegales en “La Olla”, con maniobras a altísima velocidad que pusieron en riesgo a turistas, vecinos y al propio personal de seguridad.

La psicología del volante como escenario

Más allá del expediente judicial, el fenómeno interpela a una dimensión más profunda: la psicología social del conductor. En determinados contextos turísticos de alto consumo simbólico —playa, verano, exhibición— el vehículo deja de ser un medio de transporte y se transforma en un objeto de identidad. La camioneta grande, el UTV o la moto potente operan como prótesis del ego: prometen estatus, respeto, visibilidad.

Para algunos, ese despliegue funciona como una manera de tapar inseguridades. La potencia del motor y el tamaño del vehículo sustituyen aquello que no se logra por otros carriles: reconocimiento, pertenencia, autoestima. La búsqueda de “unos minutos de fama” —ser visto, filmado, celebrado en redes— empuja a conductas de riesgo que, en un entorno sin control efectivo, escalan rápidamente.

La anomia veraniega

La Frontera expresa también una anomia estacional: la percepción de que, lejos del centro urbano, la norma se diluye. Donde la señalización es escasa y los controles son intermitentes, prospera la idea de que “todo vale”. Esa lógica convierte un espacio natural en una pista informal, donde la imprudencia se normaliza y el peligro se banaliza.

El resultado es previsible: accidentes graves, familias destrozadas y un Estado que llega tarde, casi siempre para acordonar la escena y levantar actas. La vida del niño herido hoy depende de una cadena de decisiones que nadie quiso frenar a tiempo.

Responsabilidad compartida

No se trata de demonizar vehículos ni demonizar a quienes los usan de manera responsable. Se trata de reconocer un patrón: cuando la ostentación y la impunidad se combinan, el riesgo deja de ser abstracto y se vuelve carne. La solución exige controles permanentes, zonificación clara, límites de velocidad, educación vial y una presencia estatal sostenida que no dependa del escándalo para activarse.

Pero también exige algo más difícil: revisar una cultura que celebra la potencia por encima del cuidado, la exhibición por encima del otro, y confunde libertad con ausencia de reglas. En La Frontera, esa confusión acaba de cobrar un precio altísimo.

Mientras un niño pelea por su vida, Pinamar vuelve a mirarse en un espejo incómodo. El desafío no es solo policial o judicial: es cultural. Y empieza por entender que ningún motor, por potente que sea, puede justificar que la vida ajena se convierta en un daño colateral.

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