Cuando el éxito cambia la ideología: el fenómeno psicológico detrás del giro a la derecha de los empresarios tecnológicos argentinos

En Argentina, un patrón se repite con una precisión casi quirúrgica. Jóvenes emprendedores que comenzaron desafiando al sistema, fundando startups en garajes y apostando por la innovación tecnológica, terminan —una vez convertidos en millonarios— abrazando posturas políticas y económicas de derecha. Ejemplos como Marcos Galperin (MercadoLibre), Pierpaolo Barbieri (Ualá) o Alec Oxenford (OLX, Letgo) revelan un fenómeno que no es casualidad ni mera conveniencia: tiene raíces psicológicas profundas.
El síndrome del “yo lo logré solo”
Desde la psicología social, este cambio ideológico suele explicarse mediante el sesgo de autosuficiencia. Quien asciende económica y socialmente tiende a sobrevalorar su esfuerzo individual y minimizar el rol del contexto o la suerte.
El emprendedor que en sus inicios luchaba contra la falta de crédito o la inestabilidad económica, una vez consagrado, desarrolla la percepción de que su éxito se debió exclusivamente a su mérito. De allí a pensar que “si yo pude, los demás también pueden” hay solo un paso.
Este razonamiento alimenta una visión meritocrática extrema, donde los que no alcanzan el éxito son vistos como menos capaces o menos esforzados. Así, el empresario exitoso comienza a alinearse con discursos que prometen “orden”, “eficiencia” y “reducción del Estado”, en contraposición a políticas redistributivas que percibe como amenazas a su logro personal.
La negación de los orígenes
Hay también un componente identitario y emocional. Muchos de estos empresarios provienen de clases medias o medias altas, pero el salto hacia la élite económica los obliga a reconfigurar su sentido de pertenencia.
Según el psicólogo social Henri Tajfel, los individuos tienden a buscar pertenecer al grupo con mayor estatus. En este proceso, suelen tomar distancia del grupo anterior, incluso despreciándolo, para reforzar su nueva identidad.
En otras palabras: negar los propios orígenes se convierte en una estrategia inconsciente de adaptación al nuevo entorno.
Apoyar posturas conservadoras o de derecha funciona como una manera simbólica de “marcar territorio”, de mostrar que ya no pertenecen al grupo de los que necesitan protección estatal, sino al de los que “crean riqueza”.
La paradoja del líder que desprecia a sus empleados
Una vez consolidada su posición, muchos de estos líderes comienzan a reproducir las mismas prácticas empresariales que antes criticaban. Desde despidos masivos hasta políticas laborales más duras, el foco pasa a ser la “eficiencia” por sobre el bienestar del equipo.
Este viraje responde a un fenómeno conocido en psicología organizacional como disonancia cognitiva: para mantener coherencia entre su éxito y su autopercepción, el empresario necesita justificar decisiones difíciles atribuyéndolas a “la lógica del mercado” o a “la falta de productividad del empleado”.
El problema es que, en ese proceso, humanizan la competencia y deshumanizan al trabajador.
Del idealismo al pragmatismo
No todo en este cambio es necesariamente cinismo. Muchos empresarios experimentan una transición psicológica genuina: el idealismo inicial cede ante la exposición al poder, las presiones financieras y la necesidad de sostener un imperio corporativo.
Sin embargo, esa evolución tiende a reforzar un pensamiento autorreferencial, en el que las preocupaciones colectivas quedan desplazadas por el miedo a perder lo conseguido.
El espejo social del éxito
Finalmente, el giro ideológico de estos empresarios refleja también la estructura emocional de la sociedad argentina, profundamente polarizada. El emprendedor exitoso teme ser visto como “enemigo del pueblo” y prefiere alinearse con sectores que reivindican el éxito económico como valor moral.
Así, el empresario que un día soñó con transformar el país, termina defendiendo el statu quo que antes pretendía cambiar.
El paso del idealismo a la derecha política no es simplemente una cuestión de conveniencia, sino un fenómeno psicológico complejo donde convergen el ego, la necesidad de reconocimiento y la inseguridad frente a la pérdida del estatus. El problema no es el éxito, sino la manera en que transforma la percepción de uno mismo y de los demás.
