Sin aranceles, pero con abuso: el iPhone 17 sigue costando casi el doble en la Argentina que en Estados Unidos
La reciente quita de aranceles a la importación de teléfonos celulares fue presentada por el Gobierno como una medida orientada a bajar precios y acercar la tecnología de alta gama a los consumidores argentinos. Sin embargo, la realidad del mercado muestra un resultado muy distinto: aun sin aranceles, el iPhone 17 sigue costando en la Argentina casi el doble que en Estados Unidos y significativamente más que en la mayoría de los países de la región y de Europa.

El caso del iPhone 17 es paradigmático. En la Argentina, el iPhone 17 Pro Max de 256 GB se comercializa oficialmente en MacStation a USD 2.063,98, es decir, $2.999.990 al tipo de cambio vigente. Incluso si se excluyen los impuestos nacionales, el precio teórico del equipo sería de USD 1.569,56, una cifra que sigue muy por encima del valor internacional. El iPhone 17 Pro se ofrece a USD 1.857,58 y el iPhone 17 a USD 1.375,98, todos en su versión de 256 GB. A esto se suman adicionales de $500.000 para la versión de 512 GB y $900.000 para la de 1 TB.
La comparación internacional deja en evidencia la distorsión. En Estados Unidos, el iPhone 17 Pro Max cuesta USD 1.199, el 17 Pro USD 1.099 y el iPhone 17 USD 799. En Chile, uno de los destinos más elegidos por los argentinos para comprar tecnología, el Pro Max se vende a USD 1.751,49; en Ciudad del Este, Paraguay, se consigue a USD 1.570; en España, a USD 1.708,86. Incluso en países con cargas impositivas elevadas, como México o Brasil, los valores resultan competitivos frente a los precios argentinos. Uruguay aparece como una excepción parcial, con valores similares o incluso superiores en algunos modelos, aunque sin el peso simbólico que tiene el mercado argentino como plaza de consumo.
La pregunta entonces es inevitable: si el arancel se eliminó, ¿por qué los precios no bajan en la misma proporción? La respuesta incomoda tanto al sector empresario como al propio mercado interno. La quita del arancel, que representaba alrededor de un 8%, fue absorbida formalmente en la estructura de costos, pero no se tradujo en una reducción real y visible para el consumidor final. En la práctica, ese margen quedó diluido —o directamente capturado— a lo largo de la cadena comercial.
La Argentina arrastra desde hace décadas un problema estructural: la falta de competencia real y una cultura empresarial acostumbrada a trasladar riesgos, incertidumbre y expectativas negativas al precio final, aun cuando esas condiciones dejan de existir. Importadores, distribuidores y comercios minoristas operan en un ecosistema donde bajar precios no es la norma, sino la excepción. El resultado es un mercado que naturaliza valores abusivos y márgenes extraordinarios, especialmente en productos aspiracionales como el iPhone.
Pero el problema no es únicamente del lado de la oferta. Existe también una responsabilidad ineludible del consumidor argentino. A diferencia de otros mercados, donde el consumo se retrae ante precios desalineados, en la Argentina la demanda suele mantenerse incluso frente a valores claramente excesivos. El iPhone, más que un dispositivo tecnológico, se convirtió en un símbolo de estatus y pertenencia, lo que genera un comportamiento de consumo sumiso y poco racional. Se compra igual, aun sabiendo que se paga el doble. Y mientras eso ocurra, no existe ningún incentivo real para que los precios bajen.
Desde el sector minorista, algunos ejecutivos sostienen que la baja del arancel ya fue incorporada en los precios. Alejandro Goldín, gerente general de Maximstore, afirmó que “los 8 puntos del arancel equivalen a 8 puntos de costos” y que la transferencia fue directa. En la misma línea, MacStation aseguró que el impacto del arancel se reflejó desde el lanzamiento del iPhone 17. Sin embargo, los números comparados a nivel internacional desmienten cualquier narrativa optimista: aun con la quita total del impuesto, el iPhone en la Argentina sigue siendo uno de los más caros del mundo.
La explicación de la disponibilidad limitada a nivel global, mencionada por el sector, puede justificar tensiones temporales de precio, pero no alcanza para explicar una brecha estructural y persistente. En otros países con igual o mayor demanda, los valores se mantienen dentro de parámetros razonables. En la Argentina, la excepción se volvió regla.
La eliminación de aranceles, por sí sola, no alcanza para corregir un mercado distorsionado. Sin competencia efectiva, sin controles reales y sin un consumidor dispuesto a castigar el abuso dejando de comprar, la baja de impuestos termina beneficiando más a la cadena comercial que al usuario final. El iPhone 17 no es solo un teléfono caro: es el reflejo de una economía donde las reformas parciales chocan contra prácticas arraigadas y una cultura de consumo que, lejos de defender su poder adquisitivo, lo resigna.
